¿En verdad somos tan grandes y tan viejos como acostumbramos decir?

Hace 27 años comencé a dejar de sentir satisfacción por ser un año más grande el día de mi cumpleaños, para ser exacta fue el número 14. ¿Echando cuentas acaso? Bueno, algunos pensarán que era muy pequeña en aquel entonces como para sentir eso, sin embargo hubo niños de 5 años que me llegaron de decir señora.


Recuerdo cuando iba a casa de mis abuelos a jugar con mis primos. Llegábamos alrededor de las 12 del día y de pronto, zaz, ya eran las 11 de la noche y mi hermana y yo nos rehusábamos a ir de regreso a casa. Qué tal cuando nos llevaban a rastras a la clínica de la colonia para pasar a que nos aplicaran una vacuna, la espera era una larga y angustiante agonía que olía a alcohol y yodo hasta el momento del pinchazo en el hombro. Quién no estuvo en esa fiesta donde todos se diviertían a lo grande y uno se sentía tan fuera de lugar que el deseo de ver entrar a tus papás por la puerta principal parecía ser la campana del recreo que nomás no sonaba nunca, o aquellas fiestas entrañables que formarán parte de las anécdotas de vida de varios, que ni modo, llegaban a su fin por ahí de las 8 de la mañana del día siguiente.


El tiempo no existe.


Es ese camino eterno cuando lo recorremos la primera vez y el mismo camino breve y familiar las demás veces que parece acortarse conforme se va transitando. Esa medida que a veces juega en nuestra contra sobretodo cuando nos damos cuenta que ya podemos recordar algunas décadas detrás y va grabando en nuestro rostro el rastro ¿para siempre? de los momentos que nos han hecho reír y llorar. Llegar al día en que a veces anhelas poder regresar a los 28 cuando te sentías tan viejamente cercana a los treintas y reconocías como mayores a los de curenta.


También tuve 23 y hasta donde recuerdo jamás desprecié a nadie simplemente por su edad, sin embargo al día de hoy me he percatado que la edad puede llegar a ser motivo de desprecio para algunos que creen que su década de los veintes va a durarles toda la vida… y tal vez sí podría llegar a ser toda su vida sin que les haya caído un veinte.


En los 60’s la revolución de los jóvenes fue la de liberar al ser, siendo realmente uno mismo sin apegarse a las normas de una sociedad dictadora que solo ofrecía una línea como la correcta. En los 70’s la juventud encabezaba una revolución en la que cupieran las personas de todos los colores y ritmos musicales exaltando la identidad de cada uno. Los 80’s fue una época en que la juventud tuvo que enfrentar los retos de superar temas de salud consecuencia de una libertad sexual demasiado experimentada. En los 90’s nos atrevimos a contradecir y desobedecer a los gobiernos encabezando movimientos musicales contestatarios que aprendimos de las pasadas generaciones y quisimos darles continuidad. A partir de los dosmiles la historia comenzó a cambiar radicalmente con el impulso social que naturalmente la juventud le imprime a su generación.


Por primera vez estuvimos unidos como mundo a través de internet, salvo aquellos territorios marginados de este planeta que terminamos por desconectar del nuevo panorama, y los movimientos sociales pasaron de gestarse en las universidades y manifestarse en las calles a organizarse bajo estándares aún desconocidos a través de la web y sus hasta entonces incipientes redes sociales, pero principalmente por los correos electrónicos. Hasta que por fin este impulso social de la juventud, suave y contundentemente nos capturó al brindarnos la posibilidad de reconstruirnos el perfil para pasar de ser unos simples mortales desconocidos, a ser las figuras públicas exitosas y felices que somos ahora.


De la variedad de predicciones acerca de la dimensión que podría cobrar que cada uno de nosotros, los que tenemos acceso a una computadora con conexión a internet, tuviera la posibilidad de enterarse al momento de tantas cosas e interactuar a pesar de la distacia, el idioma y la ideología, la más optimista por supuesto fue la de David Bowie aún en los 90’s. Por otro lado entrados en los dosmiles South Park ya nos rostizaba como sociedad en algunos de sus episodios y la vida en general comenzó a consolidarse a imagen de plato desechable.


En un abrir y cerrar de ojos pasé de escuchar al niño de 5 años llamarme señora con toda honestidad, a observar a algunas compañeras de trabajo llamarme señora con plena consciencia de buscar ofenderme. Este fue el principio de una etapa en la que he comenzado a sentirme relegada junto con los niños, los ancianos son otro nivel en este mundo: el del “olvido”, hoy somos Petfriendly. Observo a esta generación en sus videos, los escucho en su música, intercambio algunas palabras y Me Gustas, Instastories y baños en los festivales tratando de entender el rumbo al que se están dirigiendo sin muchas respuestas más allá de encarnar la "Generación Feliz".


Observo, quizás equivocadamente, que el espíritu contagioso de la junventud hacia este fin de la 2a década del nuevo siglo es “evolucionario más que revolucionario”, por la ausencia de consciencia en él mismo. Su reveldía consiste en ser felices a pesar de todo y de todos, a pesar incluso de sí mismos. Los “otros” somos vistas y megustas, miles y millones de seguidores alrededor del centro del Universo que es el Yo, donde la diversidad está en los colores del cabello y la exigencia de tolerancia abarca la medida de sus propias necesidades. Una postura que hemos también adoptado los quesque adultos.


Si bien comprendo que estamos hartos de la oscuridad que nuestra especie carga en sí misma, que el panorama de la realidad da vértigo mirarlo de frente, no estoy tan segura de que elegir unicamente el bienestar personal, a pesar de todo y de todos, sea la opción más inteligente que los seres humanos podríamos tomar si estamos viviendo todos sin excepción al compás del tic tac de la cuenta regresiva hacia la extinción inminente. ¿Será que la humanidad tenía que evolucionar en esto para desaparecer de una vez por todas?


Si no reconectamos la consciencia de quienes somos, si no nos reconocemos como parte de un todo junto con los demás, a pesar de nuestra edad y apariencia física, si no ponemos en práctica la esperanza cambiando nuestros hábitos con un objetivo común, nos va a cargar la chingada mientras coreamos lyric videos

en algún festival lleno de luces de colores.


El tiempo no existe, la edad de una persona es irrelevante sin la consciencia de sus actos. Existen las acciones en el tiempo que determinarán si nosotros seguimos por aquí un rato más, o no y de qué manera.











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